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La Palabra y la Apostasía en Hebreos

Susana G. Encalada Cáceres

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La epístola a los Hebreos tiene sin duda un aroma impregnado e intenso de Cristología. El libro de “las cosas mejores”, como alguien le llamó,[i] muestra en todas sus facetas, y sin lugar a duda, la superioridad de Cristo, principalmente sobre todo aquello que pudiera significar el bastión de la fe basada en la Ley y los rudimentos, cuestiones que palidecen y se consideran hasta indeseables en el sentido de la intención de empecinarse en depositar la fe en ellas.

Puesto que Cristo había venido, y la fe ahora anunciada, era mucho mejor, porque se trataba de una fe labrada por el Hijo de Dios, quien perfeccionando su misión por su obediencia y temor reverente trajo salvación al mundo por medio de la purificación de los pecados de la humanidad, a través de su vaciamiento voluntario en la humillación más intensa que podría haber sufrido el Dios Eterno, Creador y Sustentador del mundo al tomar forma de semejanza de hombre y hacerse siervo del Padre en pro de la redención da la humanidad, a través de su entrega en la cruz.

Cual Cordero perfecto y sin mancha inmolado en holocausto, cuya sangre preciosa derramada y aceptada por el Padre, le lleva a sentir y declarar que el precio de su sacrificio surtió efecto, y cubrió totalmente el pago de la deuda, es en este sentido que Jesús exclama en la cruz: “tetelestai”, consumado es.

La entrega de Jesús en la cruz del Calvario establece un nuevo pacto, basado en la justificación, en la que el ser humano accede a la gracia de Dios por fe, al creer que es únicamente a través de Jesús que puede ser perdonado, redimido y reconciliado con Dios con acceso libre al reposo eterno. Nada podía competir con esta salvación tan grande, nadie la podría opacar, ni nada la podría suplantar: llegó para establecerse como el único acceso para ser salvo.

Los destinatarios de la carta a los Hebreos corrían el riesgo de deslizarse y perder esa salvación tan grande de la que ya gozaban, al ser atraídos por la seducción de lo que antaño para ellos significaba relación con Dios: la observancia antigua. Sin duda alguna, su fe tambaleaba, producto de su descuido espiritual; su fervor primario se esfumaba y ahora necesitaban volver a lo físico, a lo tangible, a las observancias, en las cuales pretendían poner de nuevo su confianza, ya que estaban impregnadas de la participación del obrar humano, lo que para ellos simbolizaba seguridad, ya que la mera sangre de Jesús por sí sola, dejó de ser, para ellos, garantía.

Sin duda alguna, para estos creyentes, en su mente y corazón surgió el germen de la desconfianza en las promesas divinas, totalmente contrastante a lo que ellos ya habían aprendido a través de la predicación de la Palabra, la cual, había sido recibida como real y vívida en ellos, pero que, sin embargo, la realidad demostraba que ahora sus efectos, ante los ojos de los creyentes hebreos se disipaba.

Cristo, la Palabra Encarnada, la revelación especial, superior a la periódica y fragmentada revelación veterotestamentaria (Heb.1:1), la cual, fue inspirada por el Espíritu a hombres santos de Dios, que los destinatarios de la carta de Hebreos estaban en peligro de rechazar, al cumplimiento de la llegada del “Logos” de manera única, total y sublime. Palabra viviente, Jesús, quien desde su advenimiento al mundo empezó a proclamar precisamente el mensaje, la esencia misma de su ser: las buenas nuevas de salvación, las cuales anunció y dio testimonio de ellas con su vida aquí en la tierra de manera superior, real, y completada en el clímax de su entrega en la cruz del Calvario.

Era radical clavar los ojos en la Palabra, enfocarse, para no distraerse y caer presa del engaño de aquello que era atrayente. Era fácil caer en la seducción de volver a la costumbre gustosa para el linaje judío de observar rudimentos conocidos, pero que ya no tenía fuerza, obsoletos ya, de tal manera que aquellos que sucumbieran ante tal fuerza atrayente tenían la misma condición equiparable a la de mujer que Lot que miró hacia atrás, pereciendo en su desvarío, el cual fue motivado por la necedad de persistir en su desobediencia y rebeldía ante las indicaciones del cielo, la mujer, cargada de obstinación en conservar aquello que se tenía que dejar y correr por su vida, pereció por su pecado.

Poner en riesgo la vida por los tesoros terrenales es demasiado arriesgado y verdaderamente trágico, lo que manifiesta una sola cosa: amor por lo efímero más que a Dios, situación que pone al ser humano en una actitud temeraria, basada en la carencia total del temor al Altísimo, manifestando un irreverente desafío, conducta totalmente reprobada que tiene solamente una muy grave consecuencia: la muerte.

La desobediencia nunca traerá bendición y ella sola acarrea juicio, cuya llegada no es tardada; el camino fácil se recorre de la misma manera, pero también de la misma forma las consecuencias llegan velozmente, sin gran esfuerzo del que se empecina en una conducta de rebeldía ante el Creador.

Para los hebreos, dejar a Cristo con tal de volver a depositar su fe en las obras era una actitud desafiante, en la que ellos mismos se ponían la soga al cuello y labraban su perdición.  Dejar la fe en Cristo es menospreciar la gracia, constituye despreciar el sacrificio del Rey del universo y su obra redentora, acto al que se le pueda dar nombre: dar la espalda a Dios al conducir trágicamente la voluntad hacia la apostasía. Poner esperanza y enamorarse de lo ya inválido (la Ley y sus tradiciones) y no en la fe en Jesús traería condenación. Los hebreos corrían hacia el precipicio sin duda alguna.

Las palabras de exhortación vehemente del autor de la carta a los Hebreos muestran un matiz de intensidad, de preocupación, constituyen un llamado de alerta a estar enfocados en el blanco, y no dejarse distraer por la apariencia del engaño (Heb.2:1). Es innegable que el escritor pretende rescatar con sus aseveraciones dirigidas por el Espíritu, de algo que los destinatarios de la carta estaban a punto de cometer: la apostasía. El hagiógrafo les incita a prestar atención a la Palabra encarnada a Cristo. Una iglesia, otrora ferviente, fundada en la fe del Hijo de Dios, ahora había caído en tibieza espiritual, dejándose llevar de manera consecuente por el vaivén de una vida sin rumbo fijo al olvidar las promesas divinas, las cuales dejaban pasar por sus indolentes narices.

Cambiar a Cristo por lo antiguo y poner en ello la confianza significaba un retroceso y una afrenta al que murió en la cruz; quienes osaran conducirse por tal camino, NO ENTRARÍAN EN EL REPOSO DEL SEÑOR (Heb.3:18), se quedarían mirando hacia atrás, como lo hizo la mujer de Lot.

La observancia y la obediencia a la Palabra (el Verbo encarnado) para los receptores originales era crucial para evitar el retroceso (apostasía), y caer de nuevo presos en prácticas inútiles que los llevarían a perder una salvación tan grande (Heb.2:3) de la cual eran acreedores en el Autor y Consumador de la fe, para los cristianos actuales, quienes somos partícipes juntamente con ellos del mismo génesis salvífico. De manera similar, es necesario que con diligencia atendieran a las indicaciones de la Palabra para no ser conducidos por el camino de desobediencia que constituye de una manera contextualizada, el apartarse de Cristo, negando así su fe primigenia.

Es en este sentido, luego de emitir el mensaje en los primeros tres capítulos de la epístola, el hagiógrafo de la carta a los Hebreos hace énfasis en la importancia de la obra de la Palabra en el ser humano, para salvación y santificación. Es necesario volver a la Palabra y estar en ella siempre para no caer en semejantes pecados de desobediencia (Heb.4:11) que conduzcan al extraviado creyente a menospreciar la gracia de la salvación y envueltos en pecados al darle la espalda a Dios (apostasía). Hebreos 4:12 “Nuevamente se apela a la Palabra (la Palabra escrita), la que fue oída en el desierto en tiempos de Moisés por los desobedientes, la cual constituye la revelación divina, que es también proclamada ahora en la Escritura”.[ii]

Los efectos de la Palabra en el ser humano son grandiosos, sobrenaturales, vitales y reales para quienes desean permanecer en ella. “La palabra confronta y revela las intenciones del corazón” (Je.17:9). La Palabra tiene propósitos, hacer camino para acercarnos a Cristo, pero también pone a flote el pecado y las intenciones del corazón. Observar la Palabra es necesario para vivir una vida de victoria total en Cristo en ambas facetas, teniendo ambas como base común la obediencia y son el remedio en contra la apostasía.

El énfasis de la epístola a los Hebreos es dirigir su enfoque a la observancia de la Palabra, cuyos efectos son vitales para salvación:

1. La vitalidad de la Palabra. La Palabra es viva porque su autor es el Espíritu Santo quien imparte vida y la hace actual de generación en generación, “vive y permanece para siempre” (1 Pe.2:23). El texto escrito, al igual que los huesos secos sin vida, al soplo del Espíritu son vivificados (Ez.37:1-11), así también como el primer hombre, Adán, al recibir el aliento divino (Ge.2:7). La Palabra es vital en el sentido que a través de la salvación es la única que puede producir vida en el creyente. Su efecto es innegable, ya que además que lo vivifica, da un sentido eterno a su existencia y no solamente es temporal. La vida (gr. Zoé, vida espiritual) es adquirida por el hombre a través de Cristo, pero es a través de ella que es vivificado día con día. La zoé permanece en el ser humano mientras permanezca asido a la Palabra (Fil.2:16).

La Palabra, a su vez, es como un grano de mostaza sembrada en el corazón del creyente en la salvación, pero que también producirá santificación formando el fruto del Espíritu en su ser: “La Palabra fue implantada en el creyente en el acto de la regeneración, pero esa semilla divina debe germinar y enraizarse en el creyente de tal manera que forme parte de la misma vida de cada cristiano”.[iii]

2. La eficacia de la Palabra. En el original “eficaz” es gr. energes, “que sugiere la energía poderosa que tiene y la hace activamente operativa”,[iv] en este sentido, la Palabra, no únicamente es eficaz, sino que es eficiente porque produce buenos resultados. Un método de estudio de alguna materia puede ser eficaz, pero se vuelve eficiente cuando al ponerse en práctica muestra su utilidad.

La Palabra es poderosa en sí misma para obrar, y cumplir su cometido, cumple su propósito y actúa específicamente de acuerdo para lo que Dios la envía, pero también provee de valor energético necesario para que el reino de Cristo en la tierra tenga la capacidad para hacer las cosas conforme a ella misma sin salirse de la voluntad y propósitos divinos. La Palabra es el energético que permite que las actividades del Reino puedan llevarse a cabo con buenos resultados. Es también que, a través de la Palabra, Dios produce en el hombre el querer y el hacer (Fil.2:13).

La ignorancia de la Palabra producirá cristianos débiles, sin energía, que no desean trabajar, o que obrarán mal en el intento, tornando su esfuerzo en ineficiente. La iglesia necesita conocer la Palabra pura, sin añadiduras, no es un cóctel (mezcla de cosas), sino que es la leche espiritual no adulterada.

3. Es cortante. Al describir este aspecto de la Palabra se toma como ejemplo una espada de dos filos, recalcando aún que su filo es más poderoso que ésta. Una espada de dos filos es aquella que no falla, que corta sí o sí, por uno u otro lado. “Esta espada se cataloga literalmente en griego como de dos bocas, de manera que actúa en dos direcciones”.[v]  Isaías 49:2, dice de las palabras de Dios “puso en mi boca como espada aguda”. Por su parte, Pablo habla de la Escritura como “la espada del Espíritu que es la palabra de Dios” (Ef.6;17).

Jesús en su parousía o manifestación (Ap.1:16), es representado como alguien que viene para juzgar con la espada de dos filos que salía de su boca. Es posible afirmar en este sentido que el significado más preciso a lo que se refiere a esta característica de la Palabra, es su capacidad para juzgar.

En juicio de Dios es severo, justo y tremendo. Dios tiene el poder final e inapelable sobre sus criaturas; aquellos que rehúsan escuchar su Palabra enfrentarán juicio y muerte, en tanto que aquellos que la obedecen entrarán en el reposo de Dios y tendrán vida eterna.[vi]

La Palabra de Dios no puede catalogarse como algo común, sino como un libro con autoridad divina, aquellos que se opongan a ella y osen desobedecerla, tendrán consecuencias, no así aquellos cuyos dichos son su deleite y se complacen en observarla, estos cosecharán vida eterna.

4. Penetra hasta lo más profundo. La Palabra escudriña todos los rincones del ser, no hay parte interna en el ser humano que se escape de ser examinada; corta, y corta, abriéndose camino desde lo más superficial que es la piel, hasta el tuétano de los huesos. Llega a los recovecos más escondidos del ser humano, “nada queda sin ser tocado por la Escritura, ya que se dirige a cada aspecto de la vida del hombre”.[vii] El hecho de abrir y penetrar hasta lo más profundo, dividiendo el alma y el espíritu, es permitir que la luz pase a esos lugares que pudieran estar en tinieblas. Hay esperanza cuando el obrar de la Palabra llega a lo más profundo del ser.

5. Discierne. La Palabra, en este sentido, saca todo a la luz, incluso aquello de lo que la persona no se ha percatado tener en el corazón (en su inconsciencia). En el Salmo 139:23- 24, David ruega a Dios ser examinado por él en un deseo anhelante de pasar por su escudriño y en sinceridad reconocer lo indebido, para alcanzar el oportuno socorro ante el trono de gracia.

Todos serán finalmente juzgados de acuerdo con las intenciones que mueven las acciones, tanto malas, pero también aquellas aparentemente buenas, la Palabra es la única que puede revelar la verdadera naturaleza de las acciones y pasarlas por su ojo crítico, es decir, pesarlas. La capacidad de juzgar lo desconocido solo la tiene la Palabra cuando nos llama a ser confrontados al meditar en ella.

En Hebreos 4:13 la Palabra cumple su propósito, al sacar todo a la luz, convirtiéndose así en el instrumento divino que manifiesta todo lo que él ya conoce de antemano, “todos estamos abiertos ante la mirada de Dios, lo que significa en griego con el cuello descubierto”.[viii]Sin temor a equivocarse, esto constituye una gran ventaja para el ser humano, quien en su humanidad está imposibilitado para ver en muchas ocasiones su verdadera condición (el corazón es engañoso), pero que al ponerse descubierto a través del ojo escudriñador de la Escritura, es posible entonces  proceder a un cambio de conducta, ya que no hay nada que pueda ocultarse ante Dios y todos darán cuenta a fin de cuentas ante Dios quien conoce todo, y al que jamás se podrá engañar.

Dios otorga la Palabra al hombre porque ella conduce y guía hacia una vida cristiana saludable. Es la misma Palabra quien juzgará a aquellos que no se hayan enfocado y prestada atención a sus estatutos y, por lo tanto, desobedecido sus preceptos. En definitiva, la atención a la Palabra es crucial para no deslizarse y caer en un estado de desobediencia, de desafío ante Dios, y finalmente apostatar.

Para los receptores originales, apostatar significaba dejar la fe en Jesús y abrazar de nuevo el judaísmo, eso era una gran afrenta, ya que hacía inválida la obra de Cristo para sus vidas y su salvación eterna. A manera de contextualización para el cristiano de hoy, el apego a la Palabra es crucial para no caer en una vida de tibieza espiritual que lo lleve a apartarse del autor de su salvación, y al final, darle la espalda al que dio su vida por él, lo que constituye igualmente una actitud apóstata.

Solo en la Palabra el hombre encuentra apego a Dios y obtener la fortaleza para seguir adelante en la observancia de conducta obediente, ya que eso es precisamente lo que producen los dichos inspirados por Dios al leerlos, además, nacen frutos hermosos como una actitud humilde, un amor al Señor, una reflexión en cuanto a la vida lo cual lleva a acudir al Trono de Gracia y obtener en el Altísimo el oportuno socorro.

 

[i] Carlos Fushan, Las cosas mejores (Barcelona, Sociedad Bíblica Iberoamericana, 2012).

[ii] Samuel Pérez Millos, Comentario exegético al texto del Nuevo Testamento, Hebreos (Barcelona, España: Clíe, 2009), 237.

[vi] Simón J. Kistemaker, Comentario al Nuevo Testamento, Hebreos (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 1999), 143.

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