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Jacob y José mueren bien. Dios permite a sus hijos terminar bien la vida terrenal.

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En la lección de hoy, examinaremos la muerte de Jacob y el final de la historia del perdón de José a sus hermanos. También veremos la muerte de José y su reafirmación de la promesa de Dios de dar la tierra de Canaán a los descendientes de Jacob (Israel).

Las promesas de Dios son seguras y duraderas. Si nos aferramos firmemente a esas promesas, podemos «morir bien», sabiendo que el plan de Dios se cum­ plirá, aun después de nuestro tiempo en la tierra.

Esta lección final de la unidad sobre la historia tem­prana de Israel toca varios puntos clave. Primero, al examinar las últimas palabras de Jacob, obtenemos una idea no sólo de su legado, sino también del futuro de cada uno de sus hijos dentro del gran plan de Dios. También podemos aprender de la importancia que le dio a ser sepultado en Canaán, no porque un lugar de sepultura importe en sí, sino como un recordatorio de la promesa que impulsó la vida de Jacob. Segundo, vemos en la vida y muerte de José su sólido amor por sus hermanos, manifestado en su perdón perdurable, así como una prefiguración de cómo procederá la promesa de Dios a través de su pueblo en las genera­ciones venideras.

Parte 1—Las palabras finales de Jacob

□ Sepultadme con mis padres Génesis 49:28-33

Génesis 49:28 concluye con las palabras de Jacob a sus hijos. Estas bendiciones se aplican a las tribus que más adelante descenderían de cada uno—con la preeminencia de Judá y José. La tribu de Judá dominó la historia del sur, y las tribus de Efraín y Manasés, los represen­ tantes tribales de José, fueron dominantes en el norte.

A partir de Génesis 49:29, Jacob pidió ser sepultado con Isaac y Abraham. Él había hecho una petición similar en 47:29-31. ¿Por qué? Porque, ante todo, Dios le había dicho que así sería (véase 46:4). Y también demostraba que la fe de Jacob en la promesa del pacto de Dios permanecía fuerte en su corazón hasta la muerte. Quería ser sepultado en esa tie­ rra de la promesa, tal como lo había sido su familia.

Cuando Jacob terminó de hablar, «encogió sus pies en la cama, y expiró, y fue reunido con sus padres» (Génesis 49:33). Sus últimas palabras declararon la realidad de las prome­sas de Dios y su fe en esas promesas. No podría haber mejor manera de morir para este gran patriarca.

□ José llora por Jacob Génesis 50:1-3

Aproximadamente la mitad de Génesis 50 está llena de descripciones de dolor por la muerte de Jacob. La Biblia reconoce el dolor como una emoción y un proceso humano legítimo, incluso necesario. Sin embargo, no nos entristecemos como los que no tienen esperanza en Cristo (véase 1 Tesalonicenses 4:13).

José abiertamente expresó su dolor. Se echó sobre el rostro de Jacob (probablemente incluyendo la parte superior de su cuerpo) y lo besó. Besar era, y es, una expresión común de afecto cuando alguien partía. Claramente, José sintió un profundo dolor.

El proceso egipcio de embalsamamiento preservó los restos de Jacob para el largo viaje a Canaán (w. 2,3). Los eruditos señalan que la muerte y el luto de Jacob se describen con mucho más detalle que la muerte de otros patriarcas. Muchos creen que esto enfatiza el carácter duradero de las promesas de Dios. Jacob regresaría a la tierra de la promesa, un lugar central del Antiguo Testamento y la morada del pueblo de Dios. Aun los profetas se enfocan en el exilio como castigo y el regreso como bendición.

Los versículos 2 y 3 también mencionan tiempos prolongados de luto por Jacob entre los egipcios. En Egipto, setenta días de luto era un período de tiempo reservado para los faraones. Incluso esta nación pagana guardó luto por el patriarca, y al grado de un rey. En verdad, Dios había bendecido a la simiente de Abraham en la tierra de Egipto.

Parte 2—La sepultura de Jacob

□ Jacob es sepultado en Canaán Génesis 50:4-9

Según Génesis 4, setenta días se habían dedicado al duelo por Jacob. Sin duda, el dolor de la pérdida todavía afligía a José y a sus hermanos. Pero había llegado el momento en que José también cumpliría la promesa que le había hecho a Jacob. Al asegurarse de que fuera enterrado en Canaán, afirmaba la realidad de la promesa de Dios de que la simiente de Abraham ocuparía la tierra de Canaán.

Y así, José pidió permiso a Faraón (a través de sus asesores) para enterrar a su padre en la tumba que Jacob había preparado. (Los eruditos han concluido que José no fue a Faraón personalmente debido a las costumbres de duelo). José pidió «subir» (v. 7) a Canaán para enterrar a su padre. Este pasaje prevé un tiempo, cuatrocientos años después, cuando los hijos de Abraham saldrían de la esclavitud en Egipto a la tierra prometida. Mucho sucede­ría y el pueblo de Dios enfrentaría momentos difíciles, pero Su promesa perduraría.
Los egipcios actuaron como amigos de José. Faraón con gran consideración y amistad incluyó a todos sus funcionarios en este grandioso cortejo fúnebre, y un gran número de carros y conductores de carros (Génesis 50:6-9). Llevaban a Jacob, nieto de Abraham, de quien vendría Aquel que daría su propia vida para salvar a la gente de sus pecados.

□ Un lugar de profundo duelo Génesis 50:10-14

José, junto con el séquito de la familia y los egipcios, se detuvieron en «Atad, que está al otro lado del Jordán» (Génesis 50:10). Este probablemente era un lugar cerca de Jericó. Los eruditos señalan que es muy posible que la comitiva siguiera la misma ruta hacia Canaán que los israelitas seguirían unos cuatrocientos años después. Una vez más, las Escrituras prefiguran el cumplimiento de las promesas de Dios más adelante.

Allí, la comitiva celebró un memorial y un tiempo de duelo profundo durante siete días (w. 10-11). Este evento fue tan sorprendente que los cananeos se dieron cuenta y llamaron al lugar Abel-mizraim, que significa «luto de los egipcios».

José y sus hermanos dejaron el séquito en Abel-mizraim para dirigirse como familia al lugar de sepultura de Jacob. Esta escena íntima nos recuerda la reconciliación que ha tenido lugar. Allí, juntos, los hermanos honraron la petición de su padre de ser sepultado en la tierra prometida (w. 12,13). Después, ellos y la comitiva regresaron a Egipto (v. 14)

Parte 3 – José tranquiliza a sus hermanos

□ Dios lo encaminó a bien Génesis 50:15-21

Cuando José y su familia regresaron a Egipto, sus hermanos se dieron cuenta de que, ahora que su padre había muerto, su hermano podía vengarse de ellos. Sintieron temor de su poderoso hermano (50:15). Entonces, le enviaron un mensaje a José de que su padre le había dejado algunas instrucciones importantes: «Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron» (v. 17). Aparentemente, finalmente aceptaron la profundidad de su maldad. Ahora, todo lo que podían hacer era rogarle que los perdonara, lo cual él ya había hecho.

El mensaje había sido enviado a través de un intermediario. Al ver a José, se arrojaron a sus pies declarando: «Mira, ¡somos tus esclavos!» (v. 18). Pero José no tenía la intención de tratarlos de ninguna forma que no fuera tierna y bondadosa (w. 19-21). Ellos debían reco­ nocer que Dios gobernaba su futuro. Dios había tomado lo que ellos se propusieron como mal, y lo transformó. Procuraron la muerte de José, pero Dios lo usó para salvar la vida de muchos. Procuraron acabar con él, pero Dios lo usó para propiciar un nuevo comienzo en el próximo paso de la trayectoria de Su promesa de bendecir al mundo.

□ Dios lo ayudará Génesis 50:22-26

La muerte de José se registra en Génesis 50:22-26. José enfatizó su deseo de ser enterrado en Canaán. Moisés más tarde cumpliría esta petición (véase Éxodo 13:19). Además, José reafirmó las promesas de Dios al declarar: «Ciertamente Dios los ayudará y los sacará de esta tierra de Egipto» (v. 24). Pasarían cuatro siglos, y un cambio en el estatus de invitados bienvenidos a esclavos maltratados, pero Dios ayudaría a su pueblo, tal como lo ayuda hoy.

¿Qué nos dice Dios?

Así como pasaron siglos antes de que el pueblo de Dios regresara a Canaán, miles de años han pasado desde que Dios le dio a su pueblo la promesa de ayudarlos. Sin embargo, esa promesa perdura, aun para nosotros hoy, no importa cuáles sean las circunstancias de nuestra vida.

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Por Editorial VIDA

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