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La pornografía es destructiva – Dios demanda la pureza sexual.

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Difícilmente vemos televisión sin ser contaminados con imágenes que, en época anterior, se habrían con­ siderado pornográficas. Lo que una vez se creaba en «estudios clandestinos» ahora es parte de los princi­pales medios de comunicación, y las imágenes que alguna vez se miraban de manera furtiva ahora son fácilmente accesibles en la pantalla de la computa­ dora de cualquier persona. Y todo sucede sin que nadie lo note. Este es el mundo que enfrenta la Iglesia al predicar la importancia de la pureza ante Dios.

[dropcap]E[/dropcap]l problema de los cristianos y la pornografía es moralmente devastador por dos razones. Primero, quien usa pornografía se contamina y desobedece la voluntad de Dios respecto a la pureza sexual. En segundo lugar, su uso entre los creyentes debilita la labor de la Iglesia. En esta lección, veremos por qué la pornografía es tan destructiva, cómo afecta al usuario y qué podemos hacer para evitarla y superarla.

Parte 1—La lujuria sexual es un asunto serio

□ No lo tome a la ligera Mateo 5:27-30

Nuestra cultura agrava el problema de la pornogra­ fía. Mientras que otros pecados como la codicia, la violencia y el racismo a menudo son condenados, la lujuria se usa en la publicidad y el entretenimiento. Dios conoce los pecados, tanto externos como inter­ nos. Le señaló a Ezequiel la insensatez de los pecados ocultos. «Hijo de hombre, ¿has visto las cosas que los ancianos de la casa de Israel hacen en tinieblas, cada uno en sus cámaras pintadas de imágenes? Porque dicen ellos: No nos ve Jehová; Jehová ha abandonado la tierra» (Ezequiel 8:12). Nuestras elecciones nunca están ocultas de Él.

En el Sermón del Monte, Jesús enseñó que Dios aborrece la lujuria (Mateo 5:27-30). Las medidas que Jesús menciona para evitar el pecado —cortar las manos ofensivas y sacar los ojos ofensivos— parecen drásticas, pero ilustran la seriedad de su enseñanza. La lujuria es tan grave como otros pecados, y los creyentes deben de evitarla y superarla.

La lujuria sexual es envidia. Mientras que el deseo sexual entre los cónyuges es orde­ nado por Dios, la lujuria implica codiciar a una persona fuera de los límites de lo que Dios ha provisto. La pornografía personaliza la lujuria al usar rostros y cuerpos de personas reales hechas a la imagen de Dios. La pornografía es una fantasía que explota a los parti­ cipantes y espectadores por igual.

□ No de este mundo 1Juan 2:15,16

Dios diseñó a las personas con una necesidad inherente de compañía. «No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18). En respuesta a esa necesidad humana, Dios creó una sociedad de pacto heterosexual que incluía permanencia (v. 24) y fidelidad (Hebreos 13:4). Se instruye al esposo y la esposa a satisfacer las necesidades sexuales del otro (1 Corintios 7:3-5), las cuales fueron creadas y celebradas por Dios.

Dios llama a su pueblo a ser santo, o apartado del mundo (Deuteronomio 14:2; 1 Pedro 2:9-10). La pornografía arruina el diseño de Dios. Apela a la lujuria de la carne, eludiendo la pureza sexual y reemplazándola con una experiencia momentánea e hiperestimulante. Las personas usan la pornografía en un intento de satisfacer su deseo de intimidad física sin comprometerse a un pacto matrimonial. La pornografía gratifica la lujuria sexual y satisface el egoísmo humano y encaja en el círculo impío que Juan describió: «los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida» (1 Juan 2:16). Este tipo de egocentrismo limita la capacidad de una persona de crear un vínculo profundo con otra persona y mantenerlo en una relación matrimonial.

El mundo vende lujuria y orgullo, ofreciendo a cambio placeres temporales y sin sen­ tido, pero Dios nos recuerda buscar primeramente su voluntad y su reino (Mateo 6:10,33).

Parte 2-EI costo y las consecuencias

□ Un problema del corazón Santiago 1:13-15

Santiago afirmó que la tentación nunca viene de Dios, sino que «cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido….[dando] a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:14,15). La tentación a la porno­ grafía sigue un patrón de excitación, consideración y gratificación. El resultado inmediato es la contaminación espiritual. En consecuencia, el corazón de la persona se vuelve cada vez menos receptivo a la guía del Espíritu Santo (véase Efesios 4:17-19).

Una persona puede estar buscando una distracción de las dificultades de la vida o un placer temporal para adormecer un dolor más profundo. Contemplar imágenes eró­ ticas envía sustancias químicas poderosas al cerebro, creando vías neuronales duraderas que pueden afectar el comportamiento futuro. Es casi como si la pornografía estuviera diciendo: «Cuando necesites sentirte bien, aquí me tienes».

El deseo de repetir la experiencia, significa que uno «es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido» (Santiago 1:14). El cristiano que cede dice: «Sé que esto lastima el corazón de Dios. Pero me doy permiso para hacerlo de todos modos».

Los malos deseos «[dan] a luz el pecado» lo que conduce a la muerte (v. 15). Esto podría incluir la muerte de un matrimonio, ministerio, carrera y reputación. Cada vez que una persona cede, se hace insensible a Dios, a sus seres queridos y sus hermanos en la fe.

□ Corazones rotos 2 Samuel 11:2-5; 12:1-13

David pudo haber pensado que no había gran riesgo cuando miró a Betsabé desde la azo­ tea de su palacio. Nadie lo sabrá. Nadie será lastimado. Pero el pecado siempre tiene con­ secuencia. La lujuria daña al perpetrador —nubla el juicio, crea dependencia, distorsiona la realidad y endurece el corazón— y causa un daño irreparable a la otra persona.

La pornografía destruye matrimonios —privando a los cónyuges de la intimidad, traicionando la confianza, insultando la dignidad y haciéndoles dudar de su valor. Separa familias y confunde a los niños. Daña a la Iglesia, ya que el estado espiritual de cada miembro afecta a todo el Cuerpo (1 Corintios 12:26). Explota a las personas involucradas en la creación de la pornografía, ya que su valor inherente, dignidad y pureza personal se intercambian por ganancias financieras. Deforma el regalo de Dios de la intimidad sexual, convirtiéndolo en algo torcido y feo. La pornografía no es un pecado sin víctimas.

La lujuria de David incluyó engaño, adulterio e incluso muerte. Aunque Dios lo per­ donó cuando confesó (2 Samuel 12:13), una de las consecuencias fue la muerte de su hijo (w. 14-23). Sorprendentemente, en una hermosa imagen de la gracia de Dios, el trono eterno que Él había prometido a David sería establecido a través de Jesús, un descendiente de Salomón, el hijo de Betsabé.

Parte 3—Manteniendo la guardia

□ Guarde sus ojos Job 31:1-8

El pacto de Job con sus ojos de «[no] mirar a una virgen» (Job 31:1), es crucial. El pecado de la lujuria comienza con una mirada. Jesús enseñó: «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas» (Mateo 6:22,23).

Entonces, ¿qué debe hacer una persona para romper el hábito de la pornografía? Pri­ mero, confesar el pecado a Dios, pidiendo perdón y limpieza (véase Salmos 51). La grave­ dad de este pecado exige la confesión a otra persona (véase Santiago 5:16), la separación a través de un software de bloqueo u otros medios (Mateo 5:29), la rendición de cuentas personal (Hebreos 3:13; Gálatas 6:1,2), el compromiso con el compañerismo cristiano y las disciplinas espirituales regulares (Hechos 2:42,46), y el consejo piadoso de un mentor cristiano (Proverbios 11:14; 24:6).

□ Guarde su corazón Números 15:37-40; 1 Corintios 6:12-20

Dios le dio a su pueblo métodos para ayudarlos a recordar el no contaminarse «tal como es su tendencia» (Números 15:39, n t v ). Tendemos a pensar que somos dueños de nosotros mismos, pero Dios es el dueño; nosotros somos administradores de la vida que Dios nos ha dado. Siempre debemos de recordar la diferencia. Uno tiene responsabilidad; el otro tiene la autoridad final. Cuando Pablo escribió a los corintios acerca de la pureza sexual, apeló al tema de la propiedad de Dios. «¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros…y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Corintios 6:19,20). Si la pornografía nunca lo ha atrapado, asegúrese de evitar la trampa. Si actualmente está luchando con la pornografía, (1) confiese su pecado a Dios, (2) aléjese de él y (3) busque ayuda de inme­ diato para (4) «[permanecer] en la libertad con que Cristo nos hizo libres» (Gálatas 5:1).

Qué nos dice Dios?

La pornografía prevalece mucho más en nuestra cultura y nuestras iglesias de lo que queremos creer. Este pecado no puede pasarse por alto, y Dios llama a su pueblo a que «siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo» (Efesios 4:15). Cuando buscamos la santidad y la integridad en nuestra vida privada, glo­rificamos a Dios.

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Por Editorial VIDA

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