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Los orígenes de la Iglesia – La Iglesia siempre ha sido parte del plan de Dios.

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pdf Lec 22 - Los origenes de la iglesia - 28 enero 2024 - Alumno 142 KB 83
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[dropcap]A[/dropcap]unque el Día de Pentecostés a menudo se menciona como el nacimiento de la Iglesia, sus raíces se remon­ tan al trato de Dios con la nación de Israel en el Anti­ guo Testamento. Las enseñanzas de Jesús prepararon a los discípulos para el desarrollo y la expansión de la Iglesia. Sus enseñanzas siguen siendo el fundamento de la Iglesia. Existe para difundir las buenas nuevas de Jesús a través del empoderamiento del Espíritu Santo.

Cuando hablamos de los comienzos de la Iglesia,1 rápidamente pensamos en la Gran Comisión en Mateo 28 y en el día de Pentecostés en Hechos 2. Estos son ciertamente hitos, pero el plan de Dios para la Iglesia comenzó mucho antes del Nuevo Tes­ tamento. A lo largo de las Escrituras, Él reveló cómo su pueblo se juntaría y vivirían en comunidad. Para cuando lleguemos a Hechos 2 (que cubriremos en la Lección 23), tendremos una mejor comprensión de lo que Dios quería que fuera la Iglesia.

Parte 1—Raíces en el Antiguo Testamento

□ Pueblo de conocimiento y alabanza Deuteronomio 4:9-14; Salmos 22:22-25

La fe cristiana es personal y transformadora, y está destinada a ser vivida. Pero debe de ir acompañada del conocimiento de quién es Dios y qué espera de su pueblo. En Deutero­ nomio 4:9-14, Moisés advirtió al pueblo que no olvidara lo que había experimentado al seguir a Dios en el desierto. A diferencia de las religiones a su alrededor, Israel no tenía ídolos a los que tocar, mirar o en quienes confiar. Ellos confiaban en un Dios que nunca habían visto. Los actos de Dios sobrenaturales que habían presenciado debían transmitirse de generación en generación.

El pueblo no debía olvidar las instrucciones de Dios recibidas en el Monte Sinaí. Dios se manifestó en fuego que resplandecía contra la montaña oscura y luego les habló «de en medio del fuego» (v. 12). Ahí les dio la Ley. Esta les enseñaría a temer y obedecer al Señor al entrar en una tierra que era hostil a cualquiera que siguiera al único Dios verdadero e invisible.

La idea de temer al Señor se repite a lo largo del Antiguo Testamento. David declaró: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré» (Sal­ mos 22). Proclamar el nombre del Señor y alabarlo en comunidad también se demuestra temiendo al Señor (v. 23) y cuidando de los necesitados (v. 24). Los recordatorios de la fidelidad de Dios impulsaron a David a cumplir sus promesas a Dios (v. 25). Si bien sabe­ mos que este salmo es fundamentalmente sobre Cristo, sus palabras también se aplican a David y al pueblo de Dios en el momento de su escritura. Seguir al Señor es un estilo de vida de obediencia y fidelidad, y está arraigado en los mandatos de Dios. Este fundamento del Antiguo Testamento nos ayuda comprender la identidad y la función de la Iglesia en el Nuevo Testamento.

□ Palabras de vida que dar a otros Hechos 7:37,38

En Hechos 7:38, Esteban dijo: «Moisés…recibió palabras de vida que darnos». Los man­ datos de Dios a su pueblo tenían como objetivo preservarlos como su pueblo escogido. Este patrón preparó el camino para Cristo, a quien Esteban identificó como el Profeta que Moisés había predicho en Deuteronomio 18:15. Al no escuchar a Jesús, el Sanedrín estaba rechazando las enseñanzas de Moisés.

El Israel del Antiguo Testamento prefigura la Iglesia del Nuevo Testamento. Dios esta­ bleció una comunidad de personas para coexistir con el mundo que los rodeaba—pero estando separados de ellos. Debían vivir según las instrucciones del Señor. Desviarse de sus mandatos traería consecuencias para los individuos y la comunidad, pero seguir sus mandatos traería la presencia y las bendiciones permanentes de Dios. A medida que estu­ diamos el desarrollo de la Iglesia, veremos cómo este modelo proporciona su marco.

Parte 2—Esperando en oración la promesa del Padre

□ Instruidos por el Espíritu Hechos 1:1-3

El mensaje de Hechos 1:1-3 con respecto a la Iglesia es doble. El primer mensaje enfatiza la obra del Espíritu Santo entre su pueblo. El encargo final de Jesús a sus apóstoles fue dado «por el Espíritu Santo» (v. 2). Él comisionó a sus discípulos soplando sobre ellos y diciendo: «Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20:22). Gracias a la unción del Espíritu, los apóstoles actuarían en nombre de Jesús. El libro de los Hechos registra en detalle todo lo que se logró a través del poder del Espíritu Santo durante este tiempo. Tanto enton­ ces como ahora, el pueblo de Dios funciona debidamente sólo por el poder del Espíritu Santo—en términos de misión, crecimiento espiritual y discipulado.

El segundo mensaje de este pasaje con respecto a la Iglesia enfatiza su mensaje del Reino. Jesús pasó cuarenta días después de la Resurrección enseñando a sus apóstoles sobre el reino de Dios (Hechos 1:3). La obra central de la Iglesia es compartir las buenas nuevas de Jesús. A medida que vivimos sus enseñanzas y llevamos el evangelio más allá de las cuatro paredes de los edificios de nuestra iglesia, todo lo que hacemos se mantiene unido por la Palabra inspirada de Dios y la guía del Espíritu Santo.

□ No se vayan de Jerusalén Hechos 1:4,5

El don del que habló Jesús en Hechos 1:4 (véase también Lucas 24:49) no era una promesa nueva, sino que había sido anunciado en Joel 2:28-32. A medida que la Iglesia tomaba forma, el poder del Espíritu sería parte integral de la función e identidad de los creyentes como pueblo de Dios. La comunidad de fe del Antiguo Testamento se convertiría en la Iglesia a medida que más y más judíos creyeran en Cristo y el Reino se expandiera para incluir a los gentiles. Mientras tanto, la comunidad sería unificada y fortalecida por el Espíritu Santo.

En el versículo 5, Jesús comparó el bautismo en el Espíritu Santo con el bautismo en agua. Juan el Bautista había dicho: «él [Jesús] os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mateo 3:11), pero Jesús no mencionó un bautismo de fuego en Hechos 1. El fuego se refiere al juicio que espera a los que rechazan a Cristo; por lo tanto, el tiempo de ese bau­ tismo aún no ha llegado.

¿Qué nos dice el contraste que Jesús establece entre el bautismo en agua y el bautismo en el Espíritu Santo acerca de lo que estaba a punto de ocurrir? Aunque los discípulos aún no habían recibido el poder del Espíritu, ya habían nacido del Espíritu (Juan 3:5), habían sido instruidos por Jesús, y lo habían aceptado como Mesías (Mateo 16:13-17). Él les había prometido que recibirían el Espíritu Santo (Juan 20:22). Y se congregaban en comunidad (Hechos 2:1). Estos criterios significan que alguien es parte de la Iglesia, y era sobre este cuerpo unificado de creyentes que el Espíritu Santo estaba a punto de descender.

Parte 3-Los doce apóstoles

□ Constantemente unidos en oración Hechos 1:12-14

En Hechos 1:12, los apóstoles se desplazaron media milla [800 m] hacia el oeste hasta Jeru- salén después de la ascensión de Jesús en el Monte de los Olivos. Ellos «subieron al apo­ sento alto» (v. 13) de la casa donde se hospedaban. Debido a que la habitación en Hechos 1:12 era más grande que la mayoría de los aposentos altos de ese día (con la capacidad de albergar a más de una docena de personas), es posible que esta fuera la habitación donde Jesús y los discípulos habían compartido la Última Cena (Lucas 22:12).

A los once apóstoles que quedaron después de la muerte de Judas Iscariote se les unieron en ese aposento la madre de Jesús, varias otras mujeres y los hermanos de Jesús (Hechos 1:13,14)—nombrados en Mateo 13:55 y Marcos 6:3 como Santiago, José, Simón y Judas. Aunque anteriormente habían rechazado el ministerio de Jesús (véase Juan 7:3-5), habían comenzado a creer en Él. Ahora se unieron a los apóstoles y a Sus otros seguidores en constante oración constante.

□ Matías es elegido Hechos 1:15-26

El grupo de once había crecido a 120, y todos obedecieron el mandato de esperar en Jerusalén el bautismo del Espíritu Santo (v. 15). Pedro identificó al Espíritu Santo como la fuente de inspiración de las Escrituras (v. 16). Judas, que había traicionado a Cristo, estaba muerto (w. 18,19). Las palabras de David en los Salmos 69:25 y 109:8 los llevarían a elegir un reemplazo para Judas en base a ciertos criterios (Hechos 1:20-22).

Los apóstoles oraron que se hiciera la voluntad de Dios, y la suerte cayó sobre Matías (v. 26). Esta fue la primera y última vez que la Iglesia Primitiva echó suertes para tomar una decisión. Después del derramamiento del Espíritu Santo y Su guía y poder se hicieron accesibles de una manera sin precedentes, los líderes buscaban dirección en oración.

¿Qué nos dice Dios?

A partir de estos inicios, el pueblo de Dios se apoderó de la Gran Comisión y la Iglesia comenzó a extenderse. Se concentraron en la oración y dependieron de la guía y el empoderamiento del Espíritu Santo. Sería prudente que hoy sigamos este ejemplo.

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Por Editorial VIDA

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