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EL LUGAR SANTÍSMO – antes solo era para algunos, hoy es para TODOS! Aleluya

Tenemos acceso a Dios a través de la sangre de Cristo.
Hebreos 10:22 Acerquémonos [a Dios] con cora­zón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.

La cámara más interior del tabernáculo era el Lugar Santísimo que albergaba la presencia misma de Dios. Nadie entraba en ese lugar, excepto en el Día de la Expiación. Mientras estudia esta lección, piense qué habría pensado el sacerdote mientras se ponía las vestiduras sagradas, tomaba el fuego del altar de los holocaustos y entraba para hacer expiación por sus propios pecados y los pecados del pueblo. Sabemos que ese sacrificio no era suficiente. Pero Dios tenía un mejor plan que reveló cuando envió a su Hijo al mundo para ser nuestro Sumo Sacerdote y el Sacrifi­cio perfecto por todos ante Dios.

En el Lugar Santísimo se realizaba la expiación por los pecados del pueblo. El sumo sacerdote que entraba allí tenía que hacer expiación por sus propios peca­ dos primero. Luego, podía ofrecer sacrificios por los pecados de otros. Ahora, bajo el nuevo pacto, tene­ mos un Sumo Sacerdote sin pecado, cuyo sacrificio es suficiente para expiar nuestros pecados. Gracias a Jesús el Sumo Sacerdote y el Sacrificio Perfecto, tene­mos entrada al Lugar Santísimo, la presencia de Dios.

Parte 1—Lugar de encuentro con Dios

□ Un lugar de expiación Éxodo 25:10-22

El Lugar Santísimo, separado del Lugar Santo por un grueso velo, medía 15 pies por 15 pies (4.6 m x 4.6 m). El arca del pacto era el único mueble en la habitación. Hecha de madera de acacia recubierta de oro, medía 45 pulgadas (1.14 m) de largo, 27 pulgadas (69 cm) de alto y 27 pulgadas (69 cm) de ancho (Éxodo 25:10,11). Tenía cuatro anillos de oro para las varas que se usaban al transportarla. Estas varas no debían quitarse del arca (w. 12-15). El arca fue la única pieza original del mobiliario del tabernáculo que fue trasladada al templo siglos después (w. 12-15).

Dios dio instrucciones para la construcción del arca antes que para cualquier otro elemento. Le dijo a Moisés que colocara dentro del arca «el testimonio» o «las tablas de piedra…grabadas con las condiciones del pacto» (n t v ) (w . 16,21; 31:18). Estas le recor­ darían al pueblo la Ley de Dios y su pecaminosidad (Romanos 7:7). Sobre la tapa del arca, conocida como propiciatorio o tapa de expiación, había dos querubines, uno enfrente del otro (w. 18-20), cuyas alas extendidas cubrían el propiciatorio. La misericordia de Dios es nuestra única esperanza de comunión con Dios.

□ Acceso a Dios Mateo 27:50,51; Hebreos 9:1-7, 2 4 -2 8

Dios creó a la humanidad para tener comunión con Él. Cuando el sacerdote entraba al tabernáculo, representaba al pueblo porque el pecado impedía la entrada de todos a la presencia de Dios. Cuando Jesús murió en la cruz, el pesado «velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo» (Mateo 27:51). Todos tuvieron acceso a Dios.

El escritor de Hebreos marca un contraste entre el Lugar Santo, que contenía el cande­ lera y la mesa de los panes (v. 2), y el Lugar Santísimo, que contenía el arca del pacto y el altar del incienso (w. 3-4). El altar del incienso en el Lugar Santísimo parece contradecir otros relatos. Sin embargo, el escritor tal vez describió esta proximidad debido al ministe­ rio realizado detrás del velo. El versículo 4 agrega además que en el arca había una «urna de oro que tenía maná» y «la vara de Aarón».

El sacerdote ministraba continuamente en el Lugar Santo (v. 6). Pero sólo una vez al año, en el Día de la Expiación (véase Levítico 16), podía entrar al Lugar Santísimo (v. 7). Sin embargo, los sacrificios que ofrecía no eran suficientes para quitar el pecado. Sólo Jesús proporcionó ese sacrificio (w . 25-26). Su sacrificio fue la ofrenda perfecta por el pecado.

Todo ser humano enfrentará la muerte y después el juicio (v. 27). Jesús murió una vez para siempre, para «llevar los pecados de muchos» (v. 28). Debido a que Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote, también es el Sacrificio perfecto, al derramar su sangre por nuestros pecados, nos abrió la entrada a la presencia misma de Dios.

Parte 2-Lugar de separación

□ Separados de Dios Éxodo 26:31-34; Levítico 16:1-5

La ubicación del arca del pacto dentro del Lugar Santísimo hablaba de la separación entre Dios y la humanidad. Si bien el propiciatorio representaba el acceso a Dios, ese acceso era limitado. Dios pidió a Moisés que hiciera un «velo» (Éxodo 26:31) o una «cortina» (n tv ) de lino e hilos de colores finamente tejido para separar el Lugar Santo del Lugar Santísimo (v. 33). Cada parte del tabernáculo fue hecha con los mejores materiales y con rigurosa atención. Dios quiere lo mejor; quiere ocupar el primer lugar en nuestro corazón.

Dios le dio a Moisés una advertencia para su hermano Aarón de que, si entraba al Lugar Santísimo en cualquier momento que no fuera el día señalado, moriría (Levítico 16:2). Ese día, debía seguir las instrucciones que Dios dio a Moisés, que incluían traer una ofrenda por el pecado y un holocausto en favor de él mismo y su familia (v. 6). Debía usar la «túnica santa» (v. 4; «vestiduras sagradas», n t v ), pero primero, debía bañarse. Sin embargo, tales acciones tan cuidadosas no limpiaban el corazón.

□ Un nuevo camino a Dios Hebreos 10:19-28

La muerte de Cristo proporcionó acceso a Dios para todos los creyentes. Podemos entrar con libertad a Su presencia (Hebreos 10:19). No necesitamos traer sacrificios por nuestros pecados porque Jesús es el sacrificio. No es necesario que nos limpiemos. En cambio, pode­mos entrar en el Lugar Santísimo «por el camino nuevo y vivo que Él [Jesús] nos abrió a través del velo» (v. 20). Dios requiere que entremos a su presencia «con corazón sincero, en plena certidumbre de fe» (v. 22). Jesucristo nos limpia de todo pecado.

Dios no hizo a un lado su santidad. Todavía detesta el pecado y traerá juicio sobre el pecador. Pero gracias al sacrificio de Jesús, podemos acercarnos a Dios con confianza, sabiendo que nuestros pecados han sido perdonados. Los sacrificios del Antiguo Testa­ mento no podían proporcionar el perdón, ni tampoco permitían que todos tuvieran acceso a la presencia de Dios. El sacrificio de Cristo nos ha proporcionado el perdón de nuestros pecados y el acceso ilimitado a Dios (v. 22).

Nuestro acceso a Dios nos da esperanza para el futuro porque podemos confiar ple­ namente en Dios (v. 23). Podemos aferrarnos a esa esperanza cuando el mundo que nos rodea parece desmoronarse. Aunque podemos adorar a Dios en privado, la adoración colectiva también es necesaria. Dios nos ordena ser parte de una comunidad para ani­ marnos unos a otros en nuestro andar con Dios mientras adoramos y servimos juntos (w . 24,25). Aunque Dios ha provisto el perdón a través de su Hijo, sigue siendo un Dios santo que nos llama a vivir en santidad.

Parte 3-Lugar de expiación

□ Día de la expiación – Levítico 16:6-34

Vistiendo las prendas sagradas, el sacerdote estaba listo para el momento reverente y gran­dioso de estar en la presencia de Dios. Luego de colocar en un incensario carbones encen­didos del altar del holocausto, entraba al Lugar Santísimo, añadía incienso a las brasas y rociaba la sangre de un becerro sacrificado sobre el propiciatorio para hacer expiación por sí mismo. Sólo entonces podía presentar la ofrenda del pecado en favor de la nación. Traía dos chivos: uno como sacrificio por el pecado, y el otro como «chivo expiatorio». Mataba al chivo elegido para el sacrificio, y hacia expiación por la nación dentro del Lugar Santísimo (w. 15-18). Cuando salía, purificaba el altar de los holocaustos rociándolo con la sangre del chivo y del becerro.

□ Cristo nuestro sumo sacerdote Hebreos 4:14-16; 1 Juan 2:1,2

Cuando el sumo sacerdote ofrecía un sacrificio por sí mismo en el Día de la Expiación, la conciencia de su propio pecado lo ayudaba a empatizar con la nación y su necesidad de sacrificios por el pecado. Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, también empatiza con nues­ tras necesidades. Mucho más que un sumo sacerdote humano, Jesús es el «Hijo de Dios» (Hebreos 4:14). Él se identificó con nosotros, experimentando todas las tentaciones que enfrentamos, pero sin pecado.

El escritor nos anima a «[acercarnos] confiadamente al trono de la gracia» (v. 16). En vez de un acercamiento anual y temeroso al propiciatorio, podemos caminar todos los días en la presencia de Dios.

El apóstol Juan se refirió a Cristo como «la propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 2:2; «el sacrificio que pagó por nuestros pecados», n t v ). El ritual anual del Día de la Expia­ ción representaba a la perfección lo que Jesús hizo por nosotros una vez y para siempre. Él es el único sacrificio que nos limpia de todo pecado.

¿Qué nos dice Dios?

Gracias a Jesucristo, podemos entrar confiadamente en la presencia de Dios, y hallar el perdón por los pecados y la gracia para suplir cada necesidad que presentamos ante Él.

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Por AsambleasMEX

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